La espina de la amapola

(Javier Pérez)

 

 

 

 

 

la espina de la amapola, Javier Pérez, www.javierperez.net

 

 

A los que esperan despiertos                       

 

 

 I

 

    El asilo para niños era un mazacote de ladrillo oscuro, con rejas en las ventanas y chimeneas torcidas que habían olvidado hacía años el sabor del humo. Más que para acoger a los  desamparados, parecía haber sido construido para que los padres pudiesen amenazar a sus hijos con sólo señalarlo de lejos.

    En torno a él se alzaba un par de hileras de robles, altos y gruesos, y el suave rumor de las hojas, remecidas por el viento, acentuaba la sensación de silencio más que romperla.

    Aunque el alumbrado público había comenzado a resucitar en los últimos meses, a aquella hora ya habían apagado la mayor parte de las farolas, y la calle permanecía en penumbra, en un duermevela inquieto de rumores distantes.

    A lo lejos, por la Gebsattelstrasse, se acercaba un grupo de hombres con un par de calderos de engrudo, un buen mazo de carteles y largos escobones para colocarlos. Eran cuatro o cinco, y marchaban dando voces, cantando a ratos e imprecándose unos a otros. Uno de ellos se detuvo un instante junto a una pared, pidió un cartel y lo colocó con un par de hábiles gestos.

    —Dadle a la escoba, canallas, ¿o queréis que lo haga yo solo? —se quejó.

    El cartel pedía el voto para el Partido Socialdemócrata y prometía a la vez orden, justicia social y respeto a la propiedad, en clara alusión a lo que no podían ofrecer los nazis, los conservadores o los comunistas. Al día siguiente serían las elecciones y todos los partidos trataban de aprovechar las últimas horas, aunque fuese más para delimitar su área de influencia que por verdadera fe en el poder de convicción de sus consignas.

    De mala gana, los demás se pusieron también manos a la obra y en pocos minutos cubrieron por completo la fachada que habían elegido.

    —Otra pared con su traje de fiesta. ¿Cómo pueden dejar desnudo un muro tan bueno? —gritó uno de ellos.

    —En esta zona no saben trabajar, o no hay quien trabaje. Son todos unos señoritos —respondió otro.

    El grupo reemprendió la marcha hacia el asilo infantil, colocando uno o dos carteles de vez en cuando y lanzando risotadas. Uno de ellos, el más joven, persiguió a un gato con el escobón y recibió los aplausos del resto cuando consiguió embadurnar de engrudo el lomo del animal, que respondió con un agudo maullido.   

    —Ponle un cartel y te doy cien marcos —incitó uno de ellos.

    El que acababa de perseguir al gato respondió con un gesto obsceno.

    En frente del hospicio, al otro lado de la calzada, destacaba un edificio más moderno que sus vecinos, y  los hombres de los carteles se fijaron enseguida en su fachada recién pintada.

    —Lo está pidiendo a voces —se entusiasmó uno de ellos.

    Miraron a ambos lados para comprobar que no venía nadie, y mientras uno de ellos hacía guardia, el resto se afanó en su trabajo. Un automóvil pasó a toda velocidad por la calle y los hombres se detuvieron un instante, pero en cuanto comprobaron que el coche no frenaba siguieron trabajando.

    Después de aquella fachada fueron a por otra, y luego a por una más, animados por las constantes bromas. En quince minutos, media docena de edificios estaban completamente cubiertos de propaganda socialdemócrata. Alarmado por el escándalo, alguien abrió una ventana en un edificio cercano, y dos de los hombres se bajaron los pantalones para mostrarle el trasero.

    —¡Gentuza! —gritó una anciana desde un tercer piso.

    —Baja, guapa, que te enseño el otro lado —respondió uno de ellos.

    —Baja, preciosa, que estamos muy solos —gritó otro.

    La ventana se cerró con un fuerte golpe.

    —Vámonos —ordenó el que parecía dirigir el grupo.

     Los otros cuatro lo siguieron. Cuando llegaron al número ochenta y tres de la Gebsattelstrasse, el que parecía el jefe se detuvo.

    —Aquí es —dijo solamente.

    Uno de los hombres sacó una petaca del bolsillo del abrigo y le dio un generoso trago. Luego la pasó al resto, y bebieron todos, salvo el que parecía el cabecilla, que rehusó con un gesto. En lugar de eso, sacó un paquete de tabaco, y ofreció a los demás. Dos de ellos aceptaron. El que parecía mandar el grupo prendió una cerilla y los tres encendieron su cigarrillo con el mismo fósforo.

    Cuando se juntaron los rostros en torno a la llama los hombres intercambiaron miradas, intentando adivinar el estado de ánimo de los otros. Sólo el jefe parecía completamente tranquilo.  Después de un par de largas caladas, ordenó a los demás ponerse a resguardo bajo un balcón, cogió un guijarro del suelo y lo arrojó contra una ventana del primer piso. Un cristal cayó con estrépito agudo.

    —¡Otto!, ¡Otto, viejo cabrón!, ¡baja enseguida! —gritó acto seguido.

    La imprecación no obtuvo respuesta, así que el jefe cogió otra piedra y rompió otro cristal.

    —¡Otto!, ¡no me hagas enfadar o subo a por ti!, ¡asómate de una puta vez!

    En la ventana que había sido alcanzada por las pedradas se abrió un cuarterón y se movió una cortina. Poco después, apareció el torso desnudo de un hombre de mediana edad, completamente calvo.

    —¡Maldita sea, Sepp!, ¿estás loco? ¡Lárgate inmediatamente o llamo a la policía!

    —Baja con lo que tú ya sabes o te muelo todos los cristales —respondió desde abajo el jefe de la cuadrilla, con voz pastosa.

    —¡Los huesos te voy a moler yo a ti como no te largues inmediatamente!, ¡te he dicho cien veces que no vengas aquí!

    Sepp cogió otra piedra y la arrojó contra la ventana de al lado.

    —No me pienso marchar hasta que no bajes. Voy a despertar a todo el vecindario. Y me da igual que llames a la policía. O bajas inmediatamente con lo que ya sabes o empiezo a gritar qué es lo que quiero, a ver si aparece alguien que me lo venda en tu lugar —amenazó, reforzando sus palabras con otra pedrada a un cristal.    

    —¡Estas borracho, Joseph! —gritó desde arriba el calvo.

    —Eso no importa. O bajas o llamaré yo mismo a la policía.

    —¡Esta me la vas a pagar!

    —¡Baja! —insistió Sepp, mirando con un gesto de inteligencia a sus hombres, que esperaban ocultos bajo el balcón.

    —¿Tienes dinero? —preguntó Otto.

    —¿Que si tengo dinero? Yo soy el que tiene que preguntarte si tienes cambio —se mofó el jefe.

    —Enséñamelo.

    Sepp sacó un billete grande y flamante y lo elevó por encima de su cabeza. La luz de una lejana farola fue bastante para que desde la ventana se pudiese ver que era un billete de los nuevos Reichsmark, un dinero perfectamente solvente.

    —Ahora bajo. Espera a que me vista —cedió finalmente Otto.

    —Si tardas destrozaré todos los cristales del maldito edificio, ¿te enteras?

    El jefe del grupo hizo una seña a sus hombres para que se colocaran cerca del portal. Cinco minutos después, la puerta de la calle se abrió con un profundo gemido.

    —Es la última vez que te lo digo: si vienes aquí a molestarme, tendrás que buscarte otro proveedor —dijo Otto nada más abrir.

    —La última vez —aceptó Sepp, entrando en el portal.

    Otto sacó del bolsillo del pantalón tres pequeños envoltorios de papel, se los entregó al jefe, y tomó enojado el billete que le tendía este.

    —No tengo cambio.

    —No importa. Cóbrate por anticipado la próxima entrega. Otras veces me has fiado tú la mercancía, ¿no?

    Otto iba a sonreír, pero vio a los hombres armados de porras y cuchillos que entraron en el portal y se le atravesó en la garganta la frase amable que estaba a punto de pronunciar sobre para qué están los amigos. Acababa de descubrir para qué estaban algunos amigos.

    —¿Qué pasa aquí? —consiguió articular.

    Los dos más fornidos lo agarraron uno de cada brazo mientras un tercero le incrustó dos puñetazos en la boca del estómago que lo hicieron doblarse de dolor.

    —No. Dejadme. Os daré lo que queráis —logró musitar con un hilo de aire.

    Sepp agarró a Otto por la cabeza, como si fuese a besarle la frente.

    —No queremos nada —dijo.

    Luego, con un movimiento brusco le rompió el cuello.

    Los hombres que le sujetaban los brazos lo soltaron, y Otto cayó al suelo, como un saco.

    —Cogedlo entre dos, como si estuviera borracho. Nos lo llevamos de aquí —ordenó el jefe, tras recuperar el dinero, que el muerto había guardado en el bolsillo de su camisa.

    Los dos hombres que lo habían sujetado hicieron lo que se les mandaba.

    —¿Y a dónde lo llevamos? —preguntó uno de ellos.

    —A cualquier lado —repuso Sepp, cerrando el portal con un fuerte golpe—. Y deja ahí esa mierda, ¡idiota! En diez minutos se lo habrá llevado alguien —añadió dirigiéndose a uno que estaba recogiendo los carteles sobrantes, junto al cubo y los escobones.

    Hacer pasar un muerto por un borracho no resultaba fácil, y los dos hombres que lo arrastraban se cansaron enseguida de intentar mantenerlo erguido. Lo mejor era deshacerse de él cuanto antes.

    —¿Lo dejamos en ese callejón? —preguntó uno de ellos, señalando a una bocacalle cercana, donde se hacinaba una docena de cubos de basura rebosantes.

    El jefe compuso una sonrisa torcida.

    —No. Mejor lo tiramos por dentro de la verja del hospicio.

    —¿Y eso? —se extrañó uno de los que llevaba el cadáver.

    —Ha sido un juego de niños, ¿no? —respondió Sepp.

    Todos celebraron la ocurrencia.

 

 

 

 

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